martes, 17 de febrero de 2015

NAVEGANDO OCÉANOS SIN BARCOS

Decreación. Poesía, ensayos, ópera
Anne Carson
Edición bilingüe
Traducción de Jeannette L. Clariond
Vaso Roto. Madrid-México, 2014
359 páginas. 25 euros



      Ya desde Wallace Stevens (de quien habría que recordar algunos versos de Notas para una ficción suprema, los que hablan de “un ver y no ver en el ojo” y que proponen “no haber en absoluto razonado, / haber dado con el tiempo principal a partir de la nada”), la influencia en la poesía norteamericana de la idea de “decreación”, elaborada y analizada por Simone Weil, ha sido y sigue siendo más que notablemente sustancial, sólo basta citar a Jorie Graham y Anne Carson, dos de las poetas más influyentes y decisivas de la escritura poética contemporánea, para validar esta afirmación. Ambas, cada una a su manera, buscan explicitar y dar cabida en su escritura a ese mundo “decreado” explorando la dimensión formal de la escritura, incluso acercándose al modo en que la poesía quiere reemplazar a la oración justo en ese momento en el que Dios no está o parece ausente. La poesía entonces como la mejor expresión de la nada y del inminente vacío, la manera más eficaz y eficiente de acercarse plenamente a la naturaleza del mundo material.

      Por tanto, esa idea de Simone Weil que da título al libro de Anne Carson, Decreación, es la que gobierna de principio a fin toda la obra, un proyecto de escritura que, de la mano también, entre otros, de Safo y Marguerite Porete, tiene el “valor de entrar en una zona de absoluto atrevimiento espiritual”, pues “decreación es un deshacerse de la criatura en nosotros -esa criatura encerrada en sí y definida por el yo-. Pero para deshacer el yo uno debe moverse a través del yo hasta el interior mismo de su definición. No tenemos otro lugar donde comenzar”. Ante la pregunta de “cómo vamos a cuadrar estas oscuras ideas con la brillante asertividad del proyecto de escritura (…), el proyecto de decir al mundo la verdad sobre Dios, el amor y la realidad”, y frente a la potencial imposibilidad de esa actitud, Carson lleva a cabo en este libro (como bien dice Richard Farell a propósito de Red Doc (2013), una novela en verso consecuencia directa de otra anterior, Autobiography of Red) una especie de “heterotopía recombinante” (esa medida heterogénea por excelencia, según Foucault, del mundo contemporáneo), buscando un espacio donde tenga cabida cualquier forma ideal de género, de fragmentos, de ecos y de referencias, desplegando la escritura como una suerte de tapiz, fruto de un esfuerzo imaginativo casi inigualable. Un tapiz tejido con lo revelado, con lo que, a pesar del mundo, acaso permanece o quiere permanecer, y que alcanza su reflejo en todo: “Cicatriz tras cicatriz/ los eslabones / cascabelean una vez. / Navegamos madre en un océano sin barcos. / Piedad por nosotros, piedad por el océano, navegamos”.

      Decreación podría ser definido como un manual de estilo de los procesos imaginativos. Su propia estructura viene a subvertir cualquier expectativa formal, y más allá del desconcierto o de la intriga, sus páginas nos arrastran, y somos impelidos por la necesidad de saber qué es lo que va a venir y a dónde vamos a llegar. Anne Carson ha manifestado, en una entrevista, que el poema, cuando funciona, lo hace porque es una acción de la mente capturada en la página, y el lector, para que se involucre en ella, tiene que entrar en esa acción, repetir esa acción y desplazarse a través de ella en su propia mente, pues esa acción de pensar es la que marca la diferencia. Quizás por eso su escritura se mueva a saltos (de ahí la cita inicial, tomada de la traducción al inglés de los Ensayos de Montaigne realizada por Florio en 1603: “Amo esa suerte de andar poético, a saltos y a brincos”), aparentemente al azar, pero sólo aparentemente, moviéndose en el tiempo y en el espacio, a veces sin causa ni efecto. Quien espere un relato lineal acabará decepcionado, pero un lector seguro y atento, dispuesto a leer y a releer, alcanzará una segura recompensa. Herética casi, inventiva, tan atrevida como deslumbrante, Carson desafía con su obra, y en Decreación definitivamente, los principios y límites establecidos que pretenden definir la literatura y la poesía, y al hacerlo así -manteniendo siempre un agudo sentido del humor- se empuja y nos empuja a mirar hacia adelante, hacia mundos desconocidos. Lo que logra es trastornar nuestras expectativas, lo que hace es buscar y extraer los significados con su definiciones, con las connotaciones y denotaciones de las palabras en la estructura misma del lenguaje, tejiendo y a la vez desentrañando ese tapiz que se ha dispuesto de-crear. Nuestra mente, viene a decir, es nuestra herramienta de escucha tanto como nuestros oídos, que la verdad no es dicha hasta que nuestras voces son oídas. Sólo así podremos llegar “al borde de lo pensable, que se filtra”.

      Aunque la comparación pueda parecer extraña, no deja sin embargo de ser ilustrativa, porque este noveno libro de Anne Carson se asemeja mucho al modo en que operan los “transformer” -esos juguetes japoneses que han alcanzado protagonismo cinematográfico, robots extraterrestres con la habilidad de pensar y transformarse por sí mismos en máquinas inteligentes-, que son capaces de adoptar la forma precisa en cada momento en esa especie de multiuniverso de alta definición en el que habitan. Decreación lleva a cabo un proceso similar, busca igualmente en cada momento la forma precisa de expresión, la manera de perfilar y dar entrada en la escritura a la realidad del mundo. Carson se mueve de una forma a otra, de un género a otro, de un cuerpo a otro. Se inspira en el cine, el arte, la música, el ensayo, el documental, el libro y el guión, en textos literarios, reflexivos y filosóficos, de Píndaro a Elisabeth Bishop, de Homero a Virginia Wolf, que son sólo unos pocos de los muchos componentes de un coro de referencias que, juntos y por separado, son casi capaces de cantar un aria. El lector de esta reseña sabrá entonces comprender la dificultad del crítico para extrapolar citas e incluirlas en el texto, pues en este libro, citando las palabras de Miguel Casado a propósito de otro libro, El inconsciente óptico de Rosalind Krauss, la escritura de Carson es fruto de un incesante “trabajo de montaje” en el que se suceden “géneros, hablas, hilos narrativos y argumentativos, voces. Una forma que tan pronto se esquematiza, cuaja, se redondea, como se disuelve en rupturas súbitas, en saltos. Escritura que busca su lógica cada vez, que nada promete ni garantiza, que se resiste a la fijeza, que pule y teme su brillo”.

      Sentirse muy dentro de uno mismo saliendo fuera de sí mismo, esta podría ser una de la máximas de Decreación, y esto es posible a través de unos poemas que, en “Paradas”, son una “cadena de sueños”; de un elogio del enigma y de los mecanismos de ese sueño que se titula “Toda salida es una entrada”; de ensayos sobre lo sublime en Longino y Antonioni y de poemas “Sublimes”; los seis poemas de “Gnosticismos”, sobre los fracasos y encuentros de la vida y sobre el sueño mismo de esa vida (“en alguna parte de la máquina” encontrar “venas latiendo”); la escritura que surge de la imagen de un cuadro, como esa “Figura sentada con ángulo rojo (1988) de Betty Goodwin”; “Muchas armas (Un oratorio para cinco voces)” justo sobre el poder de la palabra en contra de las armas; el beckettiano “Quad”; un diálogo entre Abelardo y Eloísa en “El guión de E y A”, sobre cómo romper las normas, sobre cómo “Una persona tiene que aprender a caminar hacia atrás todo el tiempo” y avanzar como si uno nunca hubiera sido; y tras “Totalidad: el color del eclipse”, una reflexión sobre el color, el error y el éxtasis, nuestro camino nos lleva hasta “Decreación”, un ensayo titulado “De cómo dicen Dios mujeres como Safo, Marguerite Porete y Simone Weil” y una “Ópera en tres actos”; el libro se cierra con el “listado de tomas” de “Anhelo, un documental”. Y todo (“Lo quiero todo. / Todo es un pensamiento desnudo que impacta”), en contra de lo que pueda parecer, se muestra tan compacto como un gran bloque de piedra labrada.

      Los lectores que conozcan el trabajo de Carson no tendrán mayores sorpresas, pues sabrán que son parte del libro, parte del proceso de pensamiento, parte de las preguntas y de las contradicciones que suscita. Los poemas quieren responder a los ensayos, y a la inversa, las canciones pueden ser cantadas, el propio lenguaje pone en cuestión el modo en el que, a través de él, llegamos a saber y a conocer. Este magmático libro nos recuerda que la poesía puede no tener respuestas, que las palabras pueden no dar consuelo ni alejarnos del miedo, pero sí pueden ayudarnos a plantear(nos) preguntas. El verdadero placer de leer a Anne Carson es que siempre nos compromete y enfrenta a esas grandes preguntas y, aunque finalmente no haya respuestas definitivas, nos ofrece un espacio de contemplación y de reflexión en el camino hacía el vacío, hacia la nada última de la existencia. Lo que nos ofrece es una pista para poder bailar, teniendo como pareja a la incertidumbre y al lenguaje. Apropiándonos de nuevo de las palabras de Miguel Casado, la fuerza del texto “le viene a la vez del grado de interioridad, e incluso de intimidad, al que puede acceder (…), tanto como de la intensidad de los encadenamientos, de los desplazamientos, de los cortocircuitos que operan, en el registro por parte del inconsciente, entre las imágenes que moviliza el análisis”. Como dice por boca de Simone Weil, “el mundo como es cuando no estoy ahí”.

     Traducir a Carson es más que complicado, es un auténtico desafío, pero Jeannette L. Clariond ha encontrado el modo de hacer que este libro memorable pueda leerse en castellano con absoluta y precisa seguridad, manteniendo el sentido y la desconcertante limpieza de su escritura, el orden especial de su percepción, el de un espacio en el que “todo podría derramarse”. Aquí está toda la hondura de su rigor y toda la altura de su riesgo. Toda la hermosa belleza de perderse, deshacerse del yo para volver, acaso, a ser, para alcanzar “una prueba de la verdad”.
 

Publicado en la revista "Nayagua", nº 21, Febrero 2015, p. 276-279


martes, 10 de febrero de 2015

NOCHES ÁTICAS. SOBRE LAS CERTEZAS DE LA INCERTIDUMBRE. ALGUNAS NOTAS SOBRE POESÍA A PROPÓSITO DE ONCE POETAS ESPAÑOLES

     
     En "Noches Áticas", magacín digital de "Cuaderno Ático", y gracias a la generosidad de Anna Montes Espejo y Juan Manuel Macías, se publica mi artículo titulado "Sobre las certezas de la incertidumbre. Algunas notas sobre poesía a propósito de once poetas españoles", ilustrado además con unas estupendas y magníficas fotografía de Abel Murcia. Los once poetas citados son: Lourdes de Abajo, Marta Agudo, Marcos Canteli, Miguel Ángel Cuiriel, Óscar Curieses, Jordi Doce, Luis Luna, Julia Piera, Benito del Pliego, Esther Ramón y Julieta Valero.

   El artículo puede leerse en este enlace: http://www.nochesaticas.com/2015/01/sobre-las-certezas-de-la-incertidumbre.html

Fotografía de Abel Murcia

domingo, 28 de diciembre de 2014

EL FERVOR DE LA MEMORIA

Más allá, Tanger
Álvaro Valverde
Tusquets. Barcelona, 2014
112 páginas. 12 euros



      Para Domingo Badía, conocido como Alí Bey, Tánger sólo es comparable al efecto de un sueño; para Tahar Ben Jelloun, una mujer que no se atreve a mirarse al espejo, acaso porque en sus calles sólo persiste la memoria. Álvaro Valverde busca ese espejo para recobrar el sueño de la memoria, el espacio vivo de la pérdida en una ciudad, “la vieja conocida que no es”, a la que alguien regresa y a la que alguien llega por primera vez. Para ambos, ese viaje es “el único trayecto que conduce / a las fuentes sagradas del origen”, a un territorio que, “entre la oscuridad / que enturbia tu pasado / y la luz que ilumina / este presente”, alcanza la salvación del olvido. Sus cincuenta poemas -desnudos y luminosos, concisamente narrativos- son “las piezas sueltas de un puzle”, ecos de una memoria que este largo e indisputable poema reúne “para hacer verosímil / lo que sólo es ficticio”. Una voz doble, la del narrador y la de su mujer, que son el contrapunto y la razón de una historia compartida. Un poema que encuentra su espejo y en él su identidad, pues “en esta encrucijada, lo que dudas / es si esta realidad es lo real / o si por el contrario es la ficción / que fuiste fabricando en el transcurso”. Una suma de “aguafuertes” y “vislumbres” que confieren una intensidad especial a un relato tan íntimo que sólo es posible en el poema, como avispas “volando / alrededor del vaso de té”, y “cada avispa un recuerdo / de los años vividos”. Es el excepcional mosaico de una vida, “una suma de símbolos / de lo que fue y no ha sido, / de la vida pasada / y del mundo futuro”. Una impugnada realidad, sin límites ni nostalgias, “acaso porque es / (el) reflejo de un fervor”.

"Más allá, Tánger" de Álvaro Valverde, reseña publicada en Babelia - El País, el sábado 27 de diciembre.

viernes, 19 de diciembre de 2014

CUADERNO ÁTICO. TEXTOS.

       A principios de este mes de diciembre ha salido el nº 5 de la revista "Cuaderno Ático". Son 131 páginas con colaboraciones y textos inéditos de Aurora Luque, Antonio Ortega, Carles Mercader, Antonia Huerta Sánchez, José Luis Gómez Toré, Vicente Fernández González, Antonio Cabrera, Hilario Barrero, Rafael Fombellida, María López Villalba, Abel Murcia, Teresa Domingo Catalá, Sandro Luna, Teresa Garbí, Olivia Martínez Giménez de León, Antonio Moreno, Aitor Francos, Mar Benegas, Carlos Iglesias, Ibon Zubiaur. En la sección "La biblioteca" publicamos una reseña firmada por José De María Romero Barea y poemas de Javier Sánchez Menéndez y de Trinidad Gan, pertenecientes a sus últimos poemarios publicados. Podéis leerla en el siguiente enlace: http://cuadernoatico.es/index

      Gracias a la generosidad de Juan Manuel Macías, que con tanto cuidado, profesionalidad y dedicación edita y dirige esta espléndida revista que es "Cuaderno Ático", en este nuevo número aparecen estos textos míos:



Es el temor sujetando el asombro, el vapor del aliento que, en la tenue bruma, desaparece a través de largos tubos de hierro, la luz que cae del cielo en las voces nocturnas.

Es el tiempo que se acumula como si fuera de agua, como un gran estrépito de metales sobre el lomo metódico de una bestia distante en las copas de un bosque, fragmentos desprendidos al azar, el zumbido de un corazón recluido al borde del invierno.

Lavada por el viento la tierra existe al margen de nosotros, cuando se esconde limpia en su espejo solar.


***


Tras la calcinación viene la larga agitación del miedo, una vigilia que intercala meses. Tras las manos cortadas un guerrero sin armas nos azuza como la sangre que nunca se seca.

Tras ríos desviados, montañas y bosques sobre las mesas, océanos allí, bajo los dientes. Tras los cofres abiertos de un perdido enemigo, el aliento extraviado en los pulmones.

Tras el álbum del mundo, las heridas buscando unos labios que nunca están allí. Tras de un sucio cordel, una ceniza ligera en la arena persiguiendo una estación que no existe.

César dijo que no se añade noche a lo que os hace sombra.

Cruel e inútil juego cuando la muerte abriga con placeres fantasmas.


***


El humo es silencioso, el estruendo llega después, es como un pájaro desorientado entrando en una habitación, volando entre las estrellas doradas de las cúpulas azules del Kremlin.

Por encima de la línea del cielo un mar repleto de caballos, la blancura insensata de las sombras.

Como de fría cal en el aire más débil, la aparición de un rostro bajo la luz del día, la placidez del agua antes de congelarse.

Los perfiles de un muerto son como un suelo seco que no teme las huellas, como una mariposa envejecida.


***


Son una plaga del azar las sombras cuando, en el alba, nos enseñan un paraje imposible, la belleza de la cera imperfecta: luz para no perderse, para no estar en silencio atónitos como infelices locos.

Es el tiempo sin voz de una estación asombrada después del abolido paso de los trenes, la hora crecida sólo en la ceniza del invencible olvido, pábilos de aceite entre las plantas dejando adivinar en sus corolas el rumor de criaturas oblicuas.

Somos sólo fantasmas expropiados, piedras desbordadas del lecho de la sed, húmedas acuarelas: juegos de agua y de azar.


***


Siempre goteando en alguna parte, el agua nos deslumbra, fría como un corazón que sólo escuchara los azules sonidos del comercio, el silencio y el canto de un cuchillo en las quejas de madres llorando aún por sus olvidados hijos.

No somos sino una copia resuelta, la belleza es solamente armadura, copos secos los rostros, somos casi el fermento de sábanas grasientas, imágenes duras y obtusos cráneos desbordados en cálculos, somos la pintura que se desprende de un cuadro santo en un rincón oscuro.

Apartados del mundo, igual que una pepita seca dentro de un hueso frío, somos sólo moscas en un trozo de sombra.


***


Buscan la prisa líquida de una luz brillando en el blanco vello sobre las uvas negras, sólo así sus cuerpos salen del limo. Sólo cuando revienta la uva hinchada al sol se quema el vino, y agrietado en la luz, nuestro cuerpo se aquieta y se mecen sus sombras.


***


El recuerdo del agua aún perdura después del largo tiempo de la muerte. Los días se alargan, como la luz menguante de un rescoldo que, ya frío entre la lumbre de un incendio, ha empezado a extenderse.

Es entonces cuando el aliento forma hielo sobre los cuerpos, la lengua se retiene hasta que el cabello se vuelve blanco y, en la caída cierta de los acantilados, nos descubre su cara. En la fuerza de un glaciar la dulzura de la llama que se alarga buscando el aire más allá de todo alcance.

Es entonces cuando creemos ver la exactitud perdida, oculta entre las salas de un hospicio, entre grandes bandadas de libélulas.


***


Trozos de metal extraviados en una tormenta que dura siglos y nunca toca el suelo, un barco entre las olas que se cruzan, un puerto construido con espinas de arenque en la cara vacía de un planeta.

Una mirada capaz de romper los arcos secos de todos los puentes desvelándonos el tiempo que nos devora, para que así seamos gatos lamiendo, en su tazón de estaño, la reluciente esencia de todo lo que es inasequible, de todo lo que esconden las abreviaturas simples del mundo.


***

Una tumba cercada de laureles nos señala una falta, la incertidumbre de un pasado oscuro entre la ropa cierta que nos envuelve el cuerpo.

El ser caprichoso de los ríos, el mar huidizo en el que su alma inmensa toma el color del lecho de un desierto.

Sólo dejamos que el telar repose cuando suenan las vértebras y, en el punto de fuga de los muelles, el calcinado pecio de los barcos nos revela que, tras la bruma sorda, los extremos del mundo se despliegan como una cabellera sobre el agua.

Que tengamos los huesos tan pesados es simple sedimento del azar.

(siste viator)


***


Los pájaros no hablan, tienen los huesos huecos, acumulan el aire debajo de unas alas que la presión levanta en prueba de su vuelo, y al aire de su canto.

Hacen su casa en las últimas cosas y a la hora justa en que el sueño fija la tentación del alma.

Un vaho la caída, la claridad un punto sobre el aire, nuestro cuerpo de pronto por encima de todas las cabezas en las alas de los ventiladores.


***


Cuando soñamos con olores acres, en la boca entreabierta crece el rumor del llanto de cientos de perros extraviados, cuando oímos el silbido de un tren entre las copas oscuras de un bosque lleno de hayas cobrizas, surge la enfermedad como una tela escasa, sin pliegues que la oculten, y el sabor del terror hace de la lengua una piedra densa.

Sólo entonces, de noche, sentimos la reserva de los gatos pegados al silencio en los muros de sus casas oscuras.

El dinero, la muerte y el pan de los mastines firmes en su poder, alzados frente al mundo como la lluvia helada sobre el polvo.

(Philippe Sollers)

(Fray Iñigo de Mendoza, Coplas de Mingo Revulgo)


sábado, 8 de noviembre de 2014

VIVIR EN EL ENVÉS

Pornografía para insectos o más bien El desvividor
José María Parreño
Valencia. Pre-Textos, 2014
87 páginas. 15 euros


     El poema que abre este libro habla de esas orquídeas que, mimetizando la forma de las hembras de abeja, consiguen ser polinizadas cuando los machos tratan de aparearse con ellas: “Estas flores son / pornografía para insectos”. José María Parreño despliega un proceso similar (señalado por Vicente Luis Mora en sus trabajos sobre la identidad narrativa) al de esas arañas que construyen en sus redes un doble de sí mismas para, en una maniobra replicadora, dirigir a sus depredadores hacia un objetivo falso idéntico al original. Sus poemas nacen así, a escondidas de su autor, pues “es la autobiografía de un yo al que antes no había tenido acceso”. Una réplica, un “yo” alternativo, una identidad que se “desvive” y sabe que “Todo se puede decir / a través de otra cosa, / que no es / y que en cambio revela / una oculta verdad”. Como Ulises ante los feacios, el autor y el lector van a escuchar su historia contada por otro, desde otro lado, acaso la única manera en que puede ser contada: “Vivo en su envés, / miro / por la rendija negra / de su parpadeo”. Una voz que se vuelve sobre sí misma, que dice eso que sin el otro no podría revelarse. Como un entomólogo o un cartógrafo que saben que “no hay / adónde ir / y que la vida trata de otra cosa”, únicamente cabe mostrar un “aquí” que “sólo es / la rúbrica de grietas / que deja / lo arrancado”. Un libro repleto de pliegues que se expanden y se recogen en un “yo” desdoblado y replicante, capaz de proyectarse en el/lo otro: “Esto es: caminamos, / pero no para llegar, / sino para hallar / algo en nosotros”. La fuerza de este libro des(en)carnado, nace justo ahí, en su voluntad de mostrar lo perdido y escondido, la dureza de “los huesos que abrazaron / cada día / su contradicción”.


"Pornografía para insectos" de José María Parreño, reseña publicada en Babelia - El País, el sábado 8 de noviembre.

jueves, 6 de noviembre de 2014

LAS CANCIONES DORMIDAS DEL DESPIERTO

Disolución del nocturno
Ildefonso Rodríguez                                                                  Amargord. Madrid, 2013
116 páginas



      El espacio del sueño y el espacio de la música (el jazz y la improvisación libre) son, entre otros, dos de los ejes vertebrales decisivos de la escritura de Ildefonso Rodríguez (León, 1952). El sueño, que ha sido elemento esencial y recurrente de su obra, pues muchos son los lugares, las voces y los personajes que pueblan sus fronteras, alcanza en Son del sueño (Ave del Paraíso, 1998) y ahora en Disolución del nocturno, un lugar preciso de necesidad, de comprensión de una realidad sin simulacro que acude al rescate de la vida gracias a esa figura que el pensamiento romántico llamó un “poeta escondido”. Es evidente la inmersión en la tradición literaria del sueño que, desde los románticos alemanes, pasando por Robert Louis Stevenson, Arthur Rimbaud, Gérard de Nerval o el surrealismo, llega a nosotros a través de Franz Kafka, Henri Michaux, Bruno Schulz o J. V. Foix, sólo por citar algunas de las muchas presencias de un libro que es un mosaico, un “retablo” sobre los sueños, a partir de los sueños, entorno y alrededor de los sueños. Su audacia es mostrar esa otra parte que tanto buscó Alfred Kubin, quizás la parte más grande de una realidad que, transformada en un gran juego personal, se extiende sobre todas las certezas del mundo.

Son los juegos sin fin del “yo” y del “otro”, del doble, de las voces que en este libro se acumulan y se hacen presentes: la del “durmiente” y la del “despierto”, la de un “tercero inexistente” y reflexivo, la del “lector” y el “vigilante”, la de los amigos y la memoria, la del amor y la del deseo. Ese tercero inexistente, acaso oculto, esa “voz intermedia”, esa “voz tercera” que dice, está en relación sin duda, con ese nuevo lenguaje que Basarab Nicolescu abre a la escritura al introducir la lógica del tercero secretamente incluido en la lógica clásica aristotélica, y que obedece al principio de identidad de no contradicción y del tercero excluido. Una revolución absoluta, como dice Clara Janés, pues este principio del tercero secretamente incluido hace el papel de símbolo viviente que une las contradicciones, que las abraza y las funde. Hegel ya definió el yo infinito y el yo finito; la filosofía moderna e idealista la división tradicional entre contemplado y contemplante; el yo y el no-yo de Fichte. Una infinitud que encuentra su reflejo en el sueño, entendido como posibilidad de ser, una nueva versión de la vida interior e inconsciente, una realidad mayor, en tanto en cuanto permite el acceso a instancias o fuerzas que superan las limitaciones de la razón, del individuo, de la percepción sensorial o de la misma realidad externa: el sujeto no parece querer ni temer nada, pues al que sueña le “ocurren” sus deseos y sus temores. Una realidad interior distinta y superior a una realidad inserta en la causalidad y en la cotidianeidad, y donde la identidad sabe de la posibilidad de la desintegración o del desdoblamiento.

Ildefonso Rodríguez asume el sueño, en su uso literario, como un modelo poético, pues como llegó a decir Jean Paul, “la poesía está hermanada con el soñar y el soñar es una especie de poesía involuntaria”. Así pues, en vez de padecer el sueño, lo que este libro hace es elaborarlo como elemento de re-construcción literaria y poética, o siguiendo a Gérard de Nerval, dirigir los sueños en vez de someterse a ellos, dar significado al orden de las asociaciones, crear formas de pura musicalidad. Para distinguir el sueño de otros elementos imaginativos o mágicos, nace esa alteridad referencial y narrativa, porque “la identidad también es una forma del sueño”. Esa proliferación de dualidades proyecta el yo infinito de la lectura del que hablaba Hegel a partir de la materialidad de la escritura. Como ha expresado con certeza el psicoanalista James Hillman: “cada vez que traemos un sueño a la vida estamos dando más fuerza a su dominio; cada vez que relacionamos un sueño con sucesos cotidianos de nuestra realidad de carne y hueso, eso es materialismo”.

Quizás sea este su libro más autobiográfico, el que busca un lector que admita no sólo la búsqueda, sino la complicidad, pues sentimos que el sueño se convierte en un operador de realidad, un lugar que “se distingue por un matiz, un disturbio en las proporciones, un aire que se adensa o enrarece a medida que el lector o quien escucha absorto la historia, pues el lugar suele estar hecho siempre de palabras, se adentra, se posa en él”. Un lugar material de reconstrucción, o como dice Aldo Sanz, una especie de relato o de superficie acuosa (“esa agua (que) pone en relación las palabras y las cosas”), una “líquida lírica” que permite el paso por los vasos comunicantes de la vigilia y el sueño, por el reverso del sueño vigilado: “Pero no hay respuesta, cuando dormido y despierto, soñado y soñador se han confundido tanto que ya tienen un solo nombre. Ese nombre es Nadie”, y que recuerda tanto a Michaux hablando de la nada en sí que es casi todo. El sueño entonces se despliega por este libro -a la vez narrativo y poético, al tiempo reflexión y creación- superabundante y libre, errante y transformador, con un punto de tensión que lo envuelve sobre sí mismo, y donde se junta con el puro presente del instante de la escritura: “Qué límites y marcos podrían ponerse a esas luces, esos brillos que abren la negrura del que busca su visión con los ojos cerrados?”.

       El lector encontrará aquí fragmentos y recuerdos de sueños acompañados de asociaciones, digresiones, confesiones y postulados, propuestas y antagonismos, consideraciones y reflexiones, películas contadas (ya dijo Buñuel que “los sueños son el primer cine que inventó el hombre, e incluso con más recursos que el cine mismo”), todo ello conectado en  un “híbrido”,  en una “madeja” casi teatral, en un “libro de injertos”, en un espacio “polimórfico” lleno de personajes y escenarios, figuras y sucesos que, compuestos y reunidos al compás de tantos años y tantos sueños, vienen a mostrarnos, con un lenguaje arriesgado pero preciso, la vida del soñador despierto. Una suerte de Odisea de sí mismo en la que presenta un modo posible de atravesar, con las palabras, los movimientos y realidades del sueño. En este universo, todo pasa del lado de las palabras, que crean un mundo-otro gracias al campo de fuerzas del sueño vigilado. Los sueños nocturnos tienden la imagen transformada de los sueños del día: “Todos los sueños narrados son sueños inventados”. Al fin y al cabo, como dejara dicho Xavier Villaurrutia, el sueño abandona lo nocturno y se vuelve el contorno que dibuja el mundo, un mundo que empieza a ser el dibujo del sueño. Lo nocturno es entonces una luz que se proyecta sobre la pantalla de la oscuridad. Lo nocturno es el oleaje de la noche, su interior. Algo predestinado no a la vigilia sino al sueño. Son los elementos del sueño, aquellos que se vierten en la vigilia para soportar el espacio diurno de la existencia, los que Ildefonso Rodríguez toma para definir el mundo. El sueño, que es búsqueda, noche petrificada de lo mismo y lo otro, alcanza a ser en Disolución del nocturno, noche disuelta, encuentro, luz, salida, pues sólo “así sería aguantar el vértigo asomado al barranco”, la recomposición de la “vida fragmentada, esa vida que genera la excitación y la angustia del narrador despierto”. Un narrador lírico que se busca en “una cadena infinita de dormidos y despiertos, soñados y soñadores. Allí ninguno de los dos es más real que el otro, el mismo nombre los iguala”. Son, acaso, las canciones dormidas de quien va “despierto y por la calle”.



Publicado en la revista "Nayagua", nº 20, junio 2014, p. 226-230.

http://www.cpoesiajosehierro.org/web/index.php/nayagua/item/nayagua-20

jueves, 30 de octubre de 2014

LAS COSTURAS DEL ALMA

El resto del viaje y otros poemas
Bernard Noël
Edición bilingüe de Miguel Casado y Olvido García Valdés
Madrid. Abada, 2014
355 páginas. 21 euros


          El viaje es para Bernard Noël revelación del cuerpo y la lengua, una enumeración de restos, como los que cubren el monasterio del monte Athos, pues “el inventario aísla separa distingue / emite una pulcritud contagiosa / en él la palabra purifica al objeto de sí mismo”. El resto del viaje se compone de tres secciones: El paso en el Athos, contemplación fascinada de un lugar donde coinciden interior y exterior, donde “la imagen y la palabra están ligadas o una / va siempre tras la otra para que el ver / o el decir prevalezca cada uno a su vez”; El resto del viaje, un itinerario, libro de abordo, registro de ciudades y espacios enmarcados por la mirada, un tiempo que “se siente (…) en la piel de los ojos” ; y El resto de un poema, 33 estrofas cortas, apotegmas que indagan en las “hilachas” del recuerdo, “una arena de sílabas y nombres propios / donde el alfabeto incuba una oscura carencia”. El volumen se completa con cuatro extensos poemas: Génesis del árbol; La luz del negro; Retrato de una mirada; y La fábula y el viento. Hay aquí un modo de territorialización, de restitución del espectáculo de las cosas, los objetos dando nombre a la profusión de la vida o, al contrario, a su destrucción: ese “algo carnal que permanece sin figura”. Una dialéctica de lo inacabado, de las limitaciones de una percepción atenta “al gran movimiento siempre hurtado” de la existencia, a “esa floración de aire que llamamos ser”. La de Noël es una de las obras más singulares e intensas de la literatura francesa contemporánea, una voz que bate la escritura como “una soledad en que la lengua se lame”. La traducción es ejemplarmente cuidada y musical, con un ritmo de lectura fluido y fascinante. Poemas como pliegues de una lengua hecha de “harapos de alma” y “costuras” deshechas, brotes de aire en el vacío de los signos y los “jirones” del ser.


"El resto del viaje y otros poemas" de Bernard Noël reseña, sin cortes, publicada en Babelia - El País, el sábado 25 de octubre.