
Alfred Kubin nació en 1877 en Leitmeritz, Bohemia, en el seno de una familia
de militares, y murió en Zwickledt, Austria, en 1959, ciudad donde poseía un
pequeño castillo en el que residía desde finales de 1906. Siguiendo la
tradición familiar ingresó en la carrera militar, pero su estancia en el
ejército fue breve debido a una serie de frecuentes crisis nerviosas, resultado
quizás de una dura infancia marcada por la muerte de su madre cuando aún era un
niño, hecho que nunca fue capaz de superar, y que le llevo en varias ocasiones
a intentar el suicidio. Su formación artística se inicia en 1898, cuando
instalado en Munich ingresa en la Escuela
de Bellas Artes de Schmidt-Reutte, y más tarde en la Academia de Bellas Artes, donde encaminó sus intereses creativos
hacia el grabado, una técnica que siempre había considerado necesaria, fruto de
su admiración por las litografías de Odilon Redon, artista al que conoció y
visitó en París en 1905. Kubin fue un reconocido pintor, dibujante e
ilustrador, con constantes colaboraciones gráficas a lo largo de más de 60
años, autor de una amplia, insólita y original producción, además de ser
cofundador, junto con Kandisnsky y Gabrielle Münter, de la Nueva Asociación de Artistas, posteriormente pasando a ser uno de
los miembros más destacados de Der Blaue
Reiter (El Jinete Azul). A pesar de que su obra se desarrolló
fundamentalmente como grabador e ilustrador, parte de su celebridad proviene de
su actividad literaria, y esencialmente porque, junto a múltiples artículos,
narraciones y un amplio epistolario, en 1909 escribió una imponente y
premonitoria novela expresionista, Die
Andere Seite, traducida al español como La
otra parte o Al otro lado, y que
influyó notablemente en la literatura posterior, sobre todo en los surrealistas,
convirtiéndose desde entonces en un clásico de la literatura fantástica universal.
El resultado de su formación y de su
trayectoria, indudablemente marcadas por sus vivencias de infancia, tanto en su
trabajo plástico como en su faceta literaria, es el desarrollo de un lenguaje
personalísimo caracterizado por algunos rasgos esenciales, entre ellos el
pesimismo, el desasosiego y la ironía, elementos con los que creó un mundo
fantástico y fantasmagórico, onírico y grotesco, pleno de inquietantes escenas
que encuentran fundamento en sus dos obsesiones y reflexiones principales: la
muerte y el mundo femenino. Gracias a sus obras, y dentro de ellas, disponemos
también de sus propios testimonios a cerca de su trabajo creador, pues muchos
de sus textos están dedicados a relatar su vida, como esa fascinante autobiografía
titulada Demonios y fantasmas de la noche,
mientras que otros están consagrados a exponer su práctica del dibujo y de la
ilustración. Como bien afirma José Miguel G. Cortés en su artículo “Alfred
Kubin: sueños de un vidente”, incluido en el catálogo del mismo título de la
extraordinaria exposición organizada por el IVAM Centre Julio González en 1998,
“su obra es un intento de expresar y exorcizar el dolor de su niñez; una dura
batalla por dilucidar una identidad personal, al tiempo que un catalizador de
las frustraciones más íntimas”. De ahí la radicalidad y la destacada complejidad
de sus obras artísticas y literarias, capaces de poner a prueba cualquier
teoría previa, aportando tanto reflexiones como materiales insobornables con
los que un lector atento podrá dar razón del singular universo de este
enigmático creador vocacional. Por encima de su posible carácter figurativo y
hasta cierto punto tradicional, la obra de Kubin no es ni mucho menos realista.
Su objetivo no es plasmar en dibujos o en narraciones una percepción
pormenorizada del mundo exterior, ni detallar las escenas o paisajes que se
presentan ante los ojos, pues su interés no es hacer copias afortunadas de los
trazos objetivos de su entorno, sino relatar, expresar y exponer aquello que le
atormenta y le obsesiona, delimitar el universo escurridizo y fantástico de sus
sueños y de sus visiones. Su talante no es cartesianamente racional, sino
determinado por una impasible voluntad de establecerse y permanecer en los
límites de lo incierto, lo confuso e indistinto, en la oscuridad y la penumbra
en la que viven lo indefinido e inconsútil, el inconsciente y lo ambiguo,
escenarios peligrosos y fascinantes de un territorio continuamente atravesado
por lo onírico y lo terrorífico, lo siniestro y lo fantástico, por todo aquello
que proviene de la instantánea fugacidad del ser.
Cuando no hay divisiones claras entre
el más allá y el más acá, cuando se agudiza la confusión entre lo vivo y lo
muerto, es entonces cuando aparece esa inquietante extrañeza que caracteriza
toda la obra creativa de Kubin. Así se desvanecen los límites entre la fantasía
y la realidad, cuando lo conocido conduce a lo desconocido, sin fronteras ni
límites, de tal manera que lo ignoto o ignorado no operan como mundos aparte
respecto de lo familiar, sino que acaban constituyendo su perfecto reverso. Así
lo entendió Kubin, y así lo dice al concluir las notas de su autobiografía
diciendo: “Y en eso consiste, pues, el sentido de ser artista: en cubrir el
absurdo de la existencia con el velo de nuestra creación, un fino velo que
cubre el abismo de las fuerzas caóticas, que poco significan para nosotros en
comparación con el mundo aparente en el que transcurre nuestra verdad, aunque esa
verdad sea únicamente una ilusión tan etérea como el transcurso del tiempo”. Su
universo está construido con una larga lista de figuras y visiones, de
alucinaciones, de destrucciones y de muerte, una muerte que adquiere diversas
caras: una veces coexiste con la vida, se antropomorfiza, otras veces es
gentil, y otras se muestra cómica, como en ese dibujo de 1938 titulado Muerte sobre patines, donde arropada con
todos los aditamentos adecuados, se dedica a patinar en una pista de hielo como
un individuo más. Son muchos los dibujos de Kubin donde se muestra la cara más
dura y salvaje de la muerte, una muerte que se vuelve sucia y negativa. De la
bella muerte se pasa a la muerte sucia. Parece como si esas imágenes o esas
ensoñaciones le surgieran de pronto, buscando en ellas su autenticidad, y más
allá, el sentido de una vida, esa profundidad que también nos constituye y a la
que no desciende la conciencia. Gran parte de las anotaciones de su autobiografía,
y de muchos de sus artículos, hacen referencia a la realidad que perfila el
marco externo de su obra creativa, una realidad que podría definirse como
afortunada, pues muy pronto, a sus 24 o 25 años, tuvo la gracia de gozar del
reconocimiento de la crítica y del público, lo que le permitió exponer sus obras
con frecuencia, vender sus trabajos y recibir encargos y contratos a lo largo
de toda su vida, sin tener que pasar las penalidades, las miserias y fracasos
que siempre han envuelto esa falsa imagen romántica del creador y del artista
elegido, solitario y genial. Kubin relata estos pormenores con toda sencillez
en su autobiografía, una vida envuelta en anécdotas simpáticas, desde sus
dificultades para encontrar una casa en alquiler, hasta los beneficios
alcanzados gracias a generosos mecenas o a los elogios de la crítica en los
periódicos. Con la misma naturalidad da cuenta de las relaciones personales que
le unen a todo un formidable grupo de artistas geniales y señeros, con quienes
comparte experiencias, planteamientos y trabajos, un elenco excepcional que
reúne nombres tan destacados como El Bosco y Rembrandt, Max Klinger y Van Gogh,
Edvard Munch o Paul Klee.
Repetidamente hace referencia a su
infancia, al ámbito familiar y cultural en el que vivió, de donde surgieron los
espacios y los elementos que contribuyeron a la construcción de su identidad
personal. En el caso de Kubin, algunas de esas circunstancias fueron tan
extremas, sobre todo una niñez y una adolescencia difíciles y tormentosas, que
le llevaron al borde de un suicidio no consumado por pura casualidad, y a
fuertes crisis nerviosas y psicológicas en las que llegó a acariciar la locura
y la enfermedad mental. Muchos de sus encuentros con esa dama vieja e
implacable que es la muerte, no serán sino una reiteración de un conocimiento
atroz y prematuro, presenciado en la agonía de su madre, contemplado en el
rostro cadavérico de su ser más querido. Esas huellas nunca abandonaron la memoria
de Kubin, siendo sus versiones de las danzas de la muerte una exigencia que le
venía, en cierto modo, del mismo seno familiar, de lo más íntimo de su
biografía. Paralelo al mundo de la muerte, surge otra de sus obsesiones, el
mundo femenino. El mundo de sus relaciones con las mujeres determina de manera
clara tanto su obra plástica como la literaria. Las mujeres son seres temibles
y tentadores, seres demoníacos y amenazantes, son lascivas y crueles,
castradoras y extenuantes, llegando a representarlas como brujas, vampiros o
alacranes. Sujetos determinantes de esa porción trágica de su existencia. Junto
a los datos aportados por su extraordinaria autobiografía, por el relato
puntual y anecdótico de su vida, el hallazgo fundamental de Kubin en su
constante escudriñar en los rincones laberínticos del alma, quizás radique en
su demostrada capacidad para reseñar las dualidades que atraviesan la identidad
de nuestra existencia consciente. Su producción está sin duda determinada por
esos sueños y visiones, pues el universo onírico es, como bien lo ha definido
José Miguel G. Cortés, “más que una simple metáfora, la dimensión más
importante de su existencia. El sueño se convierte en sujeto, alegoría,
símbolo; se personifica en sus inquietantes figuras y remite al espectador a un
estado de melancolía”.
En los relatos de El gabinete de curiosidades, el mundo de
Kubin se sitúa entre la vigilia y el sueño, entre el día y la noche, entre el
consciente y el inconsciente, entre la voluntad y el instinto. Un mundo de absorbente
y perturbadora plasticidad, nacido de nuestra biografía más secreta, de los
deseos y pulsiones que también nos constituyen, de los sucesos más secretos y
olvidados de nuestra vida. De ahí la soberanía visionaria de su arte y de su
escritura, de su representación de esa “otra parte” angustiante de nuestra
realidad. Sus dibujos y sus relatos son una genial antología de la neurosis y
la obsesión, un bestiario íntimo, un homenaje de la razón a la locura, un
escenario poblado de seres siniestros, mutilados y deformes, personajes
fantásticos y terribles, amenazadores, ejemplos certeros de un universo
estrictamente interior construido a partir de elementos reconocibles extraídos
de la realidad consciente. Tanto en sus relatos como en sus dibujos, y tomado
como ejemplo un cuento y un dibujo ambos titulados El intruso, y ambos también construidos con escasos elementos y
personajes, Kubin es capaz de crear situaciones y argumentos dramáticos
excepcionales, pequeñas obras maestras. Todos, en el fondo, somos o hemos sido
intrusos en algún momento. Por eso su obra alcanza un universalismo que incumbe
por entero al ser humano, un universalismo alejado de ensimismamientos y de
cualquier tipo de piedad liberadora, fruto de una ebriedad que permitirá al
lector y al espectador de esta obra prominente del arte y de la literatura
fantástica, franquear sin miedo el umbral de lo oscuro. Un umbral donde se
funden los elementos plásticos con los literarios, una puerta influyente para
unos y punto de referencia inexcusable para otras obras mayores como las de
Kafka o Ernst Jünger. Sus libros, gracias a la interrelación entre texto e
imágenes, nos ofrecen una de las más logradas experiencias estéticas del
expresionismo, además de ser punto de inicio de una revolución contra las
formas y gustos convencionales, contra el dominio de la conciencia como árbitro
de los procesos creadores y contra todo intento de objetividad. Ahí está, para
confirmarlo, esa severa afirmación con la que el propio Kubin ratifica sus
esfuerzos: “El hombre no es sino una nada autoconsciente”.
- La otra parte; traducción de Juan José del Solar, Siruela, 1989
- El gabinete de curiosidades. Autobiografía; dibujos
originales de Alfred Kubin, traducción
de Jorge Segovia y Violetta Beck, Maldoror
Ediciones, 2004
- El trabajo del dibujante; traducción de Jorge Segovia, Maldoror Ediciones, 2004
- Historias burlescas y grotesca; traducción de Jorge Segovia y Violetta Beck, Maldoror Ediciones, 2006
- Alfred Kubin. Sueños de un vidente. Catálogo de la exposición organizada por el IVAM, Centre Julio González, 28 de abril-21 de junio 1988; Generalitat Valenciana, Consellería de Cultura, Educació i Ciència, Valencia, 1988