Recuento de poemas. 1950-1993
Jaime Sabines
Edición de J. G. S.
Madrid. Visor Libros, 2014
579
páginas. 18 euros

De
cierto, lo primero que llama la atención, sorprende, y acaso emociona de la
poesía de Jaime Sabines (Tuxtla Gutiérrez, 1926-México, D.F., 1999), es su
ejercicio de ascesis hacia la claridad, su capacidad para reconvertir el caos y
el fragor de lo cotidiano en una manifestación viva de simplicidad, quizás como
la única medida cierta de un existir probable. Entra así de lleno e
indudablemente en la lista de poetas que han contribuido a deshacer el mito,
proclamado por algunos, del poeta como “ser aparte” y “alejado de la vida”.
Como se explica en la contracubierta, en esta edición revisada y contrastada
con los documentos originales del poeta, se reúne su obra completa, recuperando
poemas que habían sido excluidos en algunas ediciones anteriores. Así pues,
aquí está la visión íntegra y certera de un poeta que escribe con declarada y
patente claridad, y también con lucidez, de asuntos cotidianos y sociales
esencialmente humanos. Una escritura que, con una inteligencia y constancia
necesarias, sabe escapar del localismo provinciano y del exceso de lo personal,
revelando y dando cuenta de verdades generales imprescindibles. Un realismo
que, a pesar de su manifiesta contingencia o simplificación aparente,
contribuye conscientemente al enriquecimiento de la conciencia personal y
colectiva, pues su acercamiento a la realidad más palmaria no lleva implícito
reducciones de significado. Por el contrario, se mantiene en la tensión que
nace de la posibilidad cierta de un más allá de lo aparente, y en la que el sentido
del verso y del poema no se agotan en lo estrictamente representado, en los
límites de la realidad descrita.
El
empleo consciente de la lengua coloquial y de lo anecdótico es un rasgo
determinante de la poesía de Sabines, tan patente como su capacidad para
profundizar, desde el lenguaje ordinario y desde la precisión de la gramática
lógica, en las paradojas y ambigüedades de la realidad y de sus hechos, en lo
profundo cercano. El lector es llevado entonces a preguntarse por otras
señales, las que no van del poema hacia fuera, sino del poema hacia dentro, ese
camino que, alejado de la lógica monótona del lenguaje común y conversacional,
nos lleva hacia ese otro estrato en el que se muestran los requerimientos y
limitaciones de una vida mecánica e impersonal. Es la fuerza alegórica del
canto como elemento esencial de una poética que ya es puesta de manifiesto
desde los poemas de “La señal” (1951): “No digamos la palabra del canto, /
cantemos. Alrededor de los huesos, / en los panteones, cantemos”. Una poética
que hace suyas las variaciones de perspectivas y de puntos de vista, los
cambios a veces violentos, a veces cuidados, de la sintaxis, como un modo de descabalar
y de variar el tono y la naturaleza de lo descrito, de descubrir las paradojas,
las posibilidades y las caras de la experiencia, como se hace patente en un
temprano poema titulado “Los amorosos”, incluido en “Horal” (1950), su primer
libro. El lector es, de nuevo, requerido para que reconozca el ritmo semántico
en el que se sustenta unos poemas donde el hacer y el ser aparecen tan unidos
como el fondo y la forma.
El desafío de Sabines no proviene de los riesgos
o naufragios del lenguaje, de sus saltos y caídas, que sin embargo existen,
sino de su capacidad para mostrar la presencia de una figura de lo humano tras
la promesa de los versos, incluso en sus momentos más pedestres, eso que el
poeta llama “el oro de la vida”: como en ese gran poema de poemas que es “Sigue
la muerte”, alcanzamos a saber que en lo “final” sabremos hallar lo “inicial”.
En esta obra completa encontraremos los temas universales: la soledad, el amor,
la muerte, el paso del tiempo, el dolor, la enfermedad, en definitiva, el proceso
de la vida, la “sencillez”, si eso fuera fácil, de la emoción humana, pues no
en vano se sabe a sí mismo “un hombre que anda por la tierra”. Es en la
capacidad de ajuste comunicativo de la lengua donde surgen los mejores poemas
de Sabines, allí donde desde el lugar común o el sentimiento más corriente,
nace el valor preciso de una experiencia entendida como asunto fundamental de
la escritura: “Salen los poemas del útero del alma / a su debido tiempo”. Una
de las mejores y más escuetas aproximaciones a Jaime Sabines, es la que Octavio
Paz le dedica en la lejana antología de poetas mexicanos “Poesía en movimiento”
de 1966, y que así termina: “Para Sabines todos los días son el primer y último
día del mundo”. Quizás esta sea la mejor definición para alguien que, desde el
poder más frágil y sencillo de la lengua, confiesa: “No soy un poeta; soy un
peatón”. Sea pues esta nueva edición de “Recuento de poemas”, gracias al buen hacer de Chus Visor, una vuelta al
testimonio de la vida, pues como dejó dicho José Emilio Pacheco, en la poesía
de Sabines lo que destaca es esa capacidad para “transformar la literatura en
realidad”.
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